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VIENEN DE PARÍS Y NO SON GUIÑOLES:¿POR QUÉ SON SUPERIORES LOS PADRES FRANCESES?

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El Universo de Martina: VIENEN DE PARÍS Y NO SON GUIÑOLES:¿POR QUÉ SON SUPERIORES LOS PADRES FRANCESES?

14/2/12

VIENEN DE PARÍS Y NO SON GUIÑOLES:¿POR QUÉ SON SUPERIORES LOS PADRES FRANCESES?


Venga, un poquito de humor que se nos va a agriar el carácter. Dejemos a los guiñoles franceses, chinos o españoles que hagan sus parodias, aunque no tengan talento, sin darles la relevancia que no tienen. Aviso, mi post de hoy versa sobre un libro que ya es best-seller en Estados Unidos. Agarraros a la silla porque la pregunta que se hace la autora provoca sarpullidos: ¿Por qué son superiores los padres franceses?


Lo ha escrito la periodista estadounidense Pamela Druckerman que defiende la tesis de que los niños galos son más educados. En su país los ejemplares se venden como churros mientras se escucha mascullar a los lectores con incredulidad las bondades de esa especie de paraíso del "savoir-faire" infantil. Hay incluso vídeos en los que se practica la comparación de la forma más odiosa... (aunque esté en inglés no os lo perdáis porque se entienden todos los ejemplos) 

Pero, a lo que vamos, ¿Por qué son superiores los padres franceses?. Esa pregunta se hizo Pamela Druckerman en un artículo en "The Wall Street Journal". Fue la manera más inteligente de promocionar la publicación de su libro que también podía haberse llamado: "Apología de la educación gala: la metáfora del bebé-croissant".
Druckerman es la corresponsal de ese diario en París donde vive con su marido británico y sus tres hijos. Asegura que su libro nace de la "envidia" que sintió al ver cómo se comportaban los hijos de sus amigas francesas. 
LibroEn ese mundo feliz que describe, los salones no están invadidos por juguetes, los niños duermen del tirón desde los dos meses, no son caprichosos en la mesa y se van a la cama sin tener rabietas. El titulito se las trae: "Bringing up bébé: One American Mother Discovers the Wisdom of French Parenting ("Criando a un bebé: una madre americana descubre la sabiduría de los padres franceses")". Aunque no sé si me gusta más la versión británica que se llama "French Children Don't Throw Food" (Los niños franceses no tiran la comida al suelo").


Y pone ejemplos, asegura que los niños que gritan y corren en el Eurotúnel nunca son los franceses. Insiste en que en los restaurantes los bebés no molestan a los comensales y ratifica que cuando les visitan familias francesas los niños juegan solos y los padres pueden tomar café. Para Druckerman hay claves importanes como enseñar a los pequeñajos a tener paciencia y no ceder inmediatamente a sus peticiones. O establecer horarios estrictos de comida y sueño. Además pone como ejemplo un estudio realizado en 2009 por economistas de Princeton. Compararon la tarea de criar un hijo en Columbia, Ohio, y Rennes, en Francia. 

La conclusión fue que las madres de EE.UU. consideran la tarea de lidiar con sus hijos el doble de ingrata que las francesas. 
A los británicos tampoco les ha hecho gracia el libro. "The Observer" asegura que en Francia un niño es un hombrecito listo para ser formateado por sus padres y, sobre todo, por la escuela. Consideran que el sistema es rígido y coloca a los buenos modales y a las matemáticas por encima de la creatividad y la expresión. Además el diario asegura que si un niño francés hace una escena, se le da una paliza y, si sigue, se le manda al psicólogo.

El libro ha generado un debate similar al que causó el año pasado la tesis de Amy Chua
, estadounidense de origen chino, que proclamó la superioridad de la educación china, extremadamente rigurosa y restrictiva.
También ha sido un "best-seller" en Estados Unidos el curioso ensayo de 
Adam Mansbach, víctima de la tiranía de su pequeña Vivien, de 3 años. Cada noche era un "Festival de los antojos" a los que el padre cedía. Harto de todo se  desahogó en internet y un simple comentario terminó siendo un libro que entró derecho a las listas de ventas de "The New York Times". El título: Te vas a dormir de una vez por todas, carajo. Ya lo decía Serrat...

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